martes, 23 de octubre de 2012

La paz es posible


*Carlos A. Lozano Guillén

Las intervenciones de Humberto de la Calle Lombana y de ‘Iván Márquez’ en la instalación de la Mesa de Diálogos, en Oslo, Noruega, el pasado jueves 18 de octubre, plantearon las enormes diferencias y contradicciones políticas e ideológicas entre las dos partes, que avizora la complejidad de los debates y discusiones en La Habana, Cuba.


Era previsible, pues se trata de partes antagónicas que no se reúnen para intercambiar elogios, sino a discutir sus diferencias. ‘Iván Márquez’ representa a una guerrilla, que por años ha buscado el poder por la vía de las armas, con un planteamiento revolucionario de transformación avanzada de la sociedad. Mientras que Humberto de la Calle Lombana es el portavoz de un Gobierno que considera inamovible el modelo actual de acumulación de economía de libre mercado neoliberal, por cierto en crisis en los países capitalistas más desarrollados del planeta. No hay razón, entonces, a tanta protesta  y para el desespero y el pesimismo que fomentan los grandes medios de comunicación.

El discurso de las FARC-EP no dista mucho del que plantea un partido político de izquierda o un sindicato u organización popular contestataria en el marco de la precariedad de la democracia. El establecimiento debería pensar hasta dónde está dispuesto a llegar, si es que quiere la paz, en los cambios políticos, sociales y económicos para erradicar las sempiternas causas del conflicto colombiano.

La agenda no excluye la posibilidad que en desarrollo de sus puntos se tengan en cuenta los graves problemas nacionales, como lo están exigiendo sectores sociales que son excluidos del proceso de paz. No se trata de reformas maximalistas, pero sí de acuerdos que fortalezcan la democracia y la justicia social. Son las causas del conflicto; y la razón de ser de un nuevo pacto político y social para la paz estable y duradera.

Al establecimiento y al gran capital no le gustan los cambios progresistas y de mayor equidad social; sienten fobia por las reformas democráticas porque ellas amenazan su enorme poder político y económico. Quedó demostrado en los pasados procesos de paz con las FARC y el ELN, todos frustrados, porque cuando era inevitable abordar los temas de fondo buscaron con afán el pretexto para la ruptura. En esta ocasión, como existe la agenda acordada y de entrada tiene que abordarse, pretenden reducirla a la mínima expresión.


Con todo, el inicio fue el destape de las posiciones, no hay porqué entrar en desespero, ambas partes declararon la voluntad de paz. Es imprescindible la creatividad y la audacia para allanar el camino a la solución política dialogada. Lo más importante es buscar el silencio de los fusiles y ello dependerá de la profundidad de los cambios. Ambas partes están en pie de igualdad y de condiciones. El Gobierno y los grandes medios deben abandonar el cuento falaz de que la guerrilla está derrotada y que golpeándola va a ser obligada a la rendición. Ese método fracasó a lo largo de casi cinco décadas y solo sirvió para prolongar el conflicto de manera indefinida. Sobra la advertencia de que el Gobierno no es rehén del proceso con tufo a ultimátum. El balance periódico debe ser para dinamizar el diálogo, pero no para acabarlo. El tiempo debe ser razonable, el necesario para abordar una agenda que es de discusión y sobre la cual aun no existe un solo acuerdo.

Mal ejemplo el de los grandes medios de comunicación que salieron del aire cuando empezó la rueda de prensa con los voceros de las FARC. Señal de intolerancia y de infantil retaliación.
(*) Director del semanario Voz



Texto completo del artículo publicado en El Tiempo del domingo 21 de octubre, editado por razones de espacio

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